Después de la tormenta

El reloj de la estación Zapata, la más cercana a la oficina donde trabajo, marcaba las ocho de la noche con treinta y nueve minutos. Según mis cálculos, debía llegar a casa antes de las nueve y media, pero llegué casi a la media noche, cansado, frustrado y dispuesto a dormir, pero no pude. Y si se preguntan, queridos lectores, porqué tardé tanto en llegar a casa, aquí les contaré toda la verdad. Prometo que no son pretextos.

Los usuarios del Metro de la Ciudad de México saben por experiencia que cuando llueve es mejor estar dispuesto a esperar un buen rato antes de llegar a casa. Los más afortunados podrán dormir una siesta cómodamente sentados mientras que los menos afortunados, entre los que yo me encontré aquella noche, pasarán todo el tiempo de pie, cargando sus  nada ligeras pertenencias al hombro. Idealmente, todo esto dentro de un tren del metro que llevará a todos, estación por estación hasta su destino. Pero aquella noche no fue ideal.

De la estación Zapata llegué sin problemas a Mixcoac, donde transbordé a la línea 7, esperando llegar a Tacuba, para de nuevo transbordar a la línea 2 y bajar en Panteones, desde donde caminaría hasta mi casa, que es también su casa. Sin embargo, un par de estaciones después de Mixcoac, en Tacubaya, los policías se asomaron al tren y ordenaron que todos bajaramos, porque ya no habría servicio. Me acerqué a un policía y le pregunté si el tren era el que ya no daría servicio o si se refería a la línea de metro. Me contestó que la línea ya no daría servicio debido a la lluvia. Supuse que, como en otras ocasiones, habría camiones ofreciendo servicio gratuito para  los usuarios afectados por esta situación y, en efecto, así fue. Salí a la calle. Apenas caían unas gotitas de lluvia, así que no me mojé demasiado. Caminé desorientado, como muchas otras personas, buscando los camiones que debían llevarnos a nuestros destinos y cuando encontré la larga fila de personas que esperaban resignadas poder abordar uno de los camiones, me formé.

Tenía menos de cinco minutos de estar formado cuando escuché a un hombre gritar "¡todos con su pasaje en la mano, para que salgamos rápido!". Supuse que se dirigía a las personas que se disponían a abordar otros camiones y no los gratuitos que íbamos a abordar quienes tuvimos que bajar del metro. La mujer que estaba atrás de mí en la fila expresó molesta mientras sacaba unas monedas de su cartera "¡entonces sí nos van a cobrar!". La mujer que estaba delante de mí se volteó y le dijo "no, los policías dijeron que era gratis". A lo que la mujer que estaba atrás de mí contestó "sí, señora, pero también nos dijeron que los camiones estaban luego luego saliendo del metro". Dos minutos después, la mujer que estaba atrás de mí ya estaba hablando por teléfono con su amor. Lo sé porque se la pasaba diciendo "mi amor". Le dijo que se había tenido que bajar y que tenía veinte minutos formada, esperando un camión que la llevaría hasta allá. Las cuentas no cuadraban, según yo no teníamos ni diez minutos formados, pero en fin...

Cuando colgó, me preguntó por la estación de metro Patriotismo, a la cual se llegar en metro, pero como habrán deducido por lo que les cuento, ya no estábamos en el metro. Así que le respondí amablemente que no sabía cómo llegar allá. Después de agradecerme de todos modos, echó a caminar y, después de recorrer un par de metros, dio media vuelta y echó a caminar en dirección contraria. Poco después llegó un camión que pudimos abordar los que, a diferencia de ella, seguíamos formados.

De pie, a mi lado, había un hombre con exceso de perfume y una rosa en la mano. A pocos minutos de haber abordado el camión sonó el primer movimiento de la Serenata n.º 13 para cuerdas en sol mayor de Mozart. Tal era el tono de llamada de su celular. Contestó. No se la pasaba diciendo "mi amor", pero supuse por la rosa y por el tono con que hablaba que, igual que la mujer que estaba atrás de mi en la fila, hablaba con su amor. El perfumadísimo hombre explicó la situación. Dijo que se retrasó porque en una de las estaciones del metro lo bajaron los policías, tuvo que abordar un camión y estaba en un embotellamiento, por lo que iba a tardar aún más. Y, por si eso fuera poco, aunque había cargado su celular, éste últimamente estaba fallando, así que estaba por quedarse sin pila y no podría contestar llamadas ni mensajes durante lo que durara el viaje. No pude evitar pensar en su amor, o más bien, pensar en que su amor tenía dos opciones: confiar en aquel hombre que decía la verdad, o creer que aquella surreal historia que le había contado no era más que un pretexto para llegar tarde y no ser interrumpido mientras ocupaba su tiempo de alguna otra manera, quizás con alguna otra persona.

Un hombre y una mujer con acento argentino se sentaron uno junto al otro y, al parecer, iniciaron una amistad, se les oía platicar alegremente durante el trayecto. Volteé a verlos después de una hora o algo así y ya se estaban mostrando fotos en el celular. Pensé que quizá iniciarían un romance, por lo que aquella tormenta significaría para ellos algo muy especial. Este pensamiento se diluyó cuando aquella mujer hizo una llamada y le indicó a la persona que le ayuda con el aseo que acostara a los niños y que ella también se preparara para dormir, porque no iba a permitir que se regresara a casa tan tarde. Supuse que la mujer de acento argentino era casada, y que si no hablaba con su esposo era porque éste estaba igualmente atorado en el tráfico, o de viaje de negocios o, quizá, ocupando su tiempo de alguna otra manera... quizá la mujer de acento argentino era madre soltera o divorciada y de verdad podría iniciar un romance con aquél hombre que se sentó junto a ella esa noche. Lamentablemente bajé del camión antes de saber con certeza algo al respecto.

Yo, por mi parte, iba viendo y escuchando todo esto ya que mi celular tenía poca pila y no quise usarlo para escuchar música. Y la luz adentro del camión era muy tenue como para ponerme a leer el libro que llevaba en mi maletín. Me conformé con enviarle a mis room mates un mensaje para avisarles que llegaría más tarde a casa. Me sentí agradecido de que ellas, mis room mates, no fueran esa clase de personas que necesitan explicaciones inmediatas de cualquier situación fuera de lo normal, como supuse que era la madre de un joven que habló por teléfono cerca de las diez y media de la noche. Con voz molesta contestaba que llegando a casa les explicaría todo, que era una larga historia. Repetía y repetía las mismas frases, harto de que se le pidiera explicar la situación, como si eso fuera a cambiarla.

Bajé del camión junto con otras tres personas antes de llegar a Tacuba, porque al parecer el conductor se equivocó. Tuve que caminar más o menos cinco minutos para poder subir al metro, que ya había reanudado el servicio.  En fin, tres horas después de salir de la oficina, llegué sano y salvo a casa, pensando que era hora de dormir. Pero no. Era hora de sacar el agua que desafortunadamente encontró la forma de invadir mi habitación. Todo esto es real, queridos lectores. Las noticias hablaron de tal tormenta al día siguiente. Incluso el hashtag #TormentaCDMX fue tendencia en Twitter. No sé si me vuelva a pasar algo así. Pero si pasa, aunque mi celular tenga suficiente pila, guardaré mis audífonos y guardaré también mi libro, y escucharé y veré lo que pase a mi alrededor, porque me pareció interesante.

Regla No. 31

A veces algo que parece aburrido puede ser muy entretenido