Sobre la felicidad

La vida oscila, como un péndulo, entre el dolor y el aburrimiento.

Arthur Schopenhauer




Para Schopenhauer el deseo tenía como consecuencia alguna forma de sufrimiento: o bien el dolor por la ausencia de aquello que deseamos o bien el aburrimiento de un deseo ya cumplido. Algo así debió tener en mente Epicteto cuando dijo: «nunca es posible que coincidan felicidad y deseo de lo ausente». La felicidad, entonces, puede ser algo intermedio entre ambos extremos: un estado de satisfacción, ya sea cuando el deseo se cumple o cuando simplemente no se desea nada más.

Ahora bien, si la felicidad es un estado de satisfacción, hay que saber qué tipo de cosa puede satisfacernos para que nos consideremos felices. Esta cuestión es difícil. «Todos, hermano Gabón, quieren vivir felizmente, pero a la hora de distinguir qué es lo que hace feliz la vida se hallan a oscuras», le dijo Séneca a uno de sus hermanos. La felicidad es un deseo cumplido, pero no es un deseo de algo material o de algún placer momentáneo, ni tampoco el deseo de tener compañía, porque tanto lo material, como el placer, como la compañía o se desvanecen o nos aburren. Nuestra felicidad no puede depender de los bienes materiales que no tenemos, ni de los placeres, ni de las personas a quienes tendremos que despedir alguna vez en la vida, tal vez temporalmente o tal vez para siempre. Nuestra felicidad no puede depender de nada externo.

Por eso me gusta una de las caracterizaciones de la persona feliz que hay en esta obra de Séneca llamada, precisamente, Sobre la vida feliz. Séneca dice que algunas personas viven recordando los viejos placeres, o proyectando sus pensamientos al futuro en vez de disfrutar el presente, y no son felices de esa manera: «Feliz, por tanto, es el dotado de recto juicio; es el que se contenta con el presente, sea lo que sea, y el que aprecia sus bienes; feliz es aquel a quien la razón recomienda toda su actitud ante sus bienes».

La felicidad, para Séneca está en el interior, en nuestro modo de ver las cosas. A eso se refiere cuando habla del recto juicio. A considerar lo que tenemos, tanto lo material, como lo espiritual, suficiente para nuestra felicidad, y lo demás, como algo que, si bien puede proporcionarnos cierta comodidad o cierto placer, no añade nada sustancial a nuestra felicidad. Hay que ver el presente con nuevos ojos, no pensando en lo que nos hace falta, sean riquezas materiales, compañía o placeres, sino con la idea de que nuestra actitud y nuestro valor como personas son suficientes para llegar a ser felices.

Pregunta Séneca, «¿qué, pues, nos impide llamar vida feliz a un espíritu libre y erguido e impertérrito y estable, situado fuera del alcance del miedo, fuera del alcance del deseo, que tenga como solo bien la honradez, como solo mal la inmoralidad (...)?» La felicidad está también en el desapego de lo externo y en el énfasis en nuestra libertad y estabilidad. La felicidad es vivir sin miedo de perder nuestras posesiones, porque no somos nuestras posesiones, es vivir sin desear lujos y placeres, porque eso no nos hace mejores personas, aunque no hay nada de malo en disfrutarlos con moderación y conscientes de que están para obedecernos y no para mandarnos. La felicidad también es vivir honradamente, porque de esa manera nos aseguraremos de no llevar nunca sobre nuestros hombros la pesada carga del arrepentimiento. Si tenemos todo esto, nada nos hará falta.

Quizá sea difícil encontrar la felicidad de este tipo en un mundo en donde no podemos escapar a la publicidad, que constantemente nos muestra como deseables cosas que a veces creemos necesitar, pero que en realidad son innecesarias. Si contamos todas las cosas que se nos ofrecen con la publicidad en las calles, en las tiendas, en los medios de comunicación y hasta en nuestros celulares, llegaremos a la conclusión de que no se necesita todo eso para vivir feliz, de hecho, se necesita poco. Y, aunque a veces es inevitable fantasear con todo eso que no tenemos, hay que recordar que la felicidad no está en cumplir esa clase de fantasías. Marco Aurelio, el emperador romano, escribió en sus meditaciones: «La felicidad es un buen numen o una buena facultad rectora. ¿Qué haces, pues, aquí, oh imaginación? ¡Vete, por los dioses, como viniste! No te necesito. Has venido según tu antigua costumbre. No me enfado contigo; únicamente, vete».

No sé qué estaba imaginando Marco Aurelio, pero al parecer estaba fantaseando con lo feliz que hubiera sido de haber tenido algo o a alguien que en ese momento no tenía. Pero fantasear con lo que no tenemos nos distrae de nuestro presente, nos impide centrarnos en el aquí y el ahora, para disfrutar o aprender de lo que tenemos. Cuando, precisamente estar aquí y ahora debería bastar para ser felices, porque la felicidad no es algo que deberíamos posponer. Dejemos ir todo lo que nuestra imaginación nos hace desear.

Regla No. 36

Nuestra felicidad no está en ningún lugar lejano, ni en el pasado, ni en el futuro, sino aquí y ahora.