La filosofía es medicina para el alma

Que nadie por joven dude en filosofar, ni por viejo de filosofar se canse, pues nunca se es demasiado viejo, ni demasiado joven para procurar la salud del alma


Epicuro







Un par de preguntas muy comunes que se le hacen a quienes estudian filosofía son ¿para qué sirve y qué es la filosofía? Generalmente asumimos que la filosofía es cosa de mentes brillantes o, por el contrario, de mentes ociosas, en el peor sentido de la palabra. Sin embargo, en la antigüedad esclavos y emperadores llegaron a interesarse por la filosofía. ¿Por qué? Porque la filosofía era considerada como  una cuestión vital por muchas personas. Por ejemplo, Sócrates consideraba que una vida que sin examen, no merece la pena de ser vivida. Y ese examen de la vida es precisamente la filosofía. Esta idea de examinar la vida fue retomada por filósofos como Séneca y Epicteto, que recomendaban analizar cada día las acciones llevadas a cabo, para reconocer los aciertos y los errores. No sólo para tener un registro, sino para tener un panorama de lo que podríamos mejorar como personas día con día.

Reflexionar sobre lo que hacemos bien y lo que hacemos mal nos puede ayudar a darnos una idea de nuestras motivaciones, por ejemplo. ¿Actuamos bien porque sabemos que es lo correcto o sólo porque alguien nos vigila? Y nuestros errores ¿se deben a un descuido o actuamos con mala intención? Cada quién sabe las respuestas. En todo caso, saber en qué acertamos y en qué nos equivocamos, es el primer paso para corregir o evitar los errores.

Pero no sólo son nuestras acciones las que deberíamos examinar, sino también nuestros pensamientos y nuestras emociones. La filosofía cuenta con herramientas que nos permiten analizar lo que pasa en nuestro entorno, y formarnos una opinión correcta sobre los acontecimientos, en la medida de lo posible. Y si tenemos opiniones correctas sobre lo que pasa, nuestros pensamientos y emociones serán adecuados en cada situación.

Por ejemplo, si al ir caminando por la calle me caigo, podría pensar que tengo muy mala suerte, que la gente se burlará de mí y que pensarán que soy tan torpe que ni siquiera puedo caminar como es debido, y esos pensamientos pueden provocarme tristeza. Pero, ¿estos pensamientos corresponden a la realidad? Puede pasar que la gente se burle de mí y piense que soy torpe. Pero habría que reflexionar si eso es importante y si refleja la persona que soy. En vez de pensar que tengo muy mala suerte y permitir que las palabras y los pensamientos de los demás me hagan sentir mal, puedo simplemente pensar que me caí como cualquier otra persona se pudo haber caído, tal vez por una irregularidad en el suelo, tal vez por un error al atar los cordones de mi calzado.

Pero, en todo caso, la caída sólo demuestra una cosa: que mi cuerpo no está exento de cumplir la ley de la gravedad. Una caída no demuestra que siempre sea torpe y las risas de la gente no deberían hacerme sentir mal. Si fue un error mío, puedo aprender a poner más atención en los detalles para evitar caer en el futuro, pero si fue un accidente, ¿por qué habría de afectarme más allá de los raspones y golpes propios de una caída?

Puede ser un ejemplo algo simple. Pero muchas personas le dan a las palabras y acciones del resto un valor desmedido, como si los demás poseyeran la verdad, cuando quizá sólo son personas imprudentes o hasta malintencionadas. ¿Puede la filosofía ayudarnos con esto? Yo creo que sí, y que darle a las cosas su justo valor, puede evitarnos dolores de cabeza y del corazón. Es decir, puede ayudarnos a conservar nuestra salud mental y emocional, nuestra salud del alma.

Séneca, en una de las cartas a su amigo Lucilio, le recordó que, antiguamente, las cartas se iniciaban con la siguiente frase: «si tienes buena salud, me alegro, yo disfruto de buena salud». Pero Séneca tenía otra frase para iniciar sus cartas: «“si cultivas la filosofía, me alegro”. Porque esto es, en definitiva, tener buena salud. Sin esto el alma está enferma». Para Séneca, cultivar la filosofía es sinónimo de salud, incluso si el cuerpo está débil, porque los dolores del cuerpo se pueden soportar en su gran mayoría. Y, por el contrario, aún si el cuerpo está fuerte, pero la mente no cultiva la filosofía, esto parece una enfermedad, pues la fuerza del cuerpo es, literalmente, fuerza bruta, susceptible de ser guiada por emociones negativas como la ira o la tristeza. En cambio, con un cuerpo fuerte y una mente que cultiva la filosofía, la fuerza del cuerpo se puede utilizar para la virtud, en vez de usarla para el mal, o para la vanidad.

Pero la filosofía no sólo puede prevenir el daño, psicológico o emocional, también puede curarlo. Por eso el emperador Marco Aurelio, seguramente en un momento de debilidad, o tal vez después de reflexionar sobre sus errores algún día, escribió para sí mismo «No retornes a la filosofía como a un maestro de escuela, sino como los que tienen una dolencia en los ojos se encaminan a la esponjita y al huevo, como otro acude a la cataplasma, como otro a la loción». Para Marco Aurelio, la filosofía era un remedio contra los males del alma. Y muy seguramente tomó esta idea de Epicteto, que en sus disertaciones dejó en claro una idea similar: «La escuela del filósofo, señores, es un hospital: no habéis de salir contentos, sino dolientes; pues no vais sanos». Así le dejó en claro a sus alumnos, que el estudio de la filosofía sólo sirve si sana los pensamientos y los sentimientos, es decir, el alma. Tal vez de ahí viene la expresión popular de «tomar las cosas con filosofía», es decir, no dejar que las cosas nos afecten más de lo que es debido. Puede que, como toda medicina, las primeras dosis de filosofía sean amargas, pero una vez que hace efecto, sólo queda agradecer y disfrutar de la salud que proporciona.

Regla No. 39

Hay que cuidar la forma en que pensamos sobre lo que nos pasa, pues podríamos estarnos haciendo un daño innecesario.